Este es el mensaje de Navidad del Arzobispo de Maracaibo Ubaldo Santana

Publicado el 23 de diciembre de 2016

ubaldo

¿Qué navidad queréis celebrar?

La Navidad es una Buena Noticia. Mejor dicho, es LA BUENA NOTICIA. La mejor de las buenas noticias que le haya podido llegar a esta humanidad sufrida y doliente. La Navidad no es sólo un mensaje, no es una teoría, como el Big Ban; la Navidad es un acontecimiento, un hecho histórico, una evidencia del infinito amor de Dios por nosotros. Así habla Dios: a través de hechos, de acontecimientos.

En el antiguo Testamento habló a través de la historia del pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento, habló a través de la persona de su mismo Hijo, el Verbo Eterno. Así empieza la Carta a Los Hebreos: “Muchas veces y de muchas maneras Dios habló en la antigüedad a nuestros padres por medio de los profetas. Y ahora, en este tiempo final, nos ha hablado por su Hijo” (He 1,1). Así lo narra San Juan al inicio de su evangelio: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14).

Antes del evangelio escrito, hubo un evangelio vivo. Será la perfecta coherencia entre el modo de vivir de Jesucristo y sus enseñanzas que impactarán profundamente a sus oyentes y arrastrará tras de él a los discípulos. (Cf Lc 4,31-36). Por eso es tan importante que nos fijemos en cada detalle de lo ocurrido en la noche de Belén.

Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Mesías les dieron como señal: “Encontrarán a un niño recién nacido,es decir que no habla; envuelto en pañales, es decir, un criatura de padres pobres, acostado en un pesebre, no solamente pobre sino entre animales.  Este inicio de pobreza, silencio y trabajo se prolongó luego durante más de 30 años en el taller de Nazaret al lado de sus padres. Es tan fuerte este período de su vida que más adelante él será conocido como Jesús, el de Nazaret, el Nazareno.

Su predicación respaldará plenamente esta vivencia. Proclamara: “Dichosos los pobres porque a ustedes les pertenece el Reino de Dios” (Lc 6,20). “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las revelaste a los pequeños” (Lc 10,21). “Todo lo que le hagan a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt 25,40).

La Navidad cristiana es por consiguiente en su núcleo esencial la aparición de Dios en este mundo, no como un fantasma, ni como un ídolo, ni como una fuerza suprema gravitacional, sino como un ser humano, como un  niño de padres humildes, sencillos y pobres. Siempre hay que volver al corazón mismo de esta fiesta porque hoy en día Navidad se ha vuelto un bosque de arbolitos, de adornos, de Santas, de regalos, de consumos, de gastos, de reuniones sociales, bosque tan envolvente que ha ido quitándole el puesto a la verdadera Navidad. La globalización comercial ha ido imponiendo a través de sus cuñas publicitarias el mensaje de “Felices Fiestas” en vez de “Feliz Navidad”.

Yo los invito, mis hermanos y hermanas, a detenernos un momento a ante el pesebre de nuestro templo parroquial o el de nuestra casa a para contemplarlo. Hagamos como Moisés en el desierto cuando cuidaba las ovejas de su suegro Jetró, que cambió su ruta para ir una zarza sorprendente que ardía sin consumirse (Ex 3,1-3). Detengámonos y preguntémonos: ¿Por qué el evangelista contrasta la noticia del nacimiento con la otra noticia del censo ordenado por el Emperador Augusto? ¿Cómo es eso que ese Niño-Dios no nació en una cuna en su casa, sino en pleno desplazamiento de sus padres? ¿Cómo es eso que José, siendo nativo de Belén, no encontró lugar decente y adecuado para el parto de su esposa y tuvo que acomodarla en el fondo de una cueva? ¿Cómo es eso que, si bien unos ángeles le cantaron en el cielo, los primeros testigos de su nacimiento fueron unos pobres pastores de ovejas? ¿Por qué Dios quiso llegar al mundo así, de modo tan difícil, tan pobre, con testigos de tan poca calificación?

El evangelista Lucas quiere que entendamos que la Buena Noticia que cambia el rumbo de la historia no la da el emperador Augusto desde su palacio romano sino un infante desde una cueva en un pueblo desconocido. Los tiempos han llegado a su plenitud (Cf Gal 4,1-4) y la fuerza para construirlo no está en la dominación ni en la explotación del hombre por otro hombre sino en el poder del amor hecho entrega y servicio hasta la muerte.  La Buena Noticia no llega de una gran capital: Roma, Jerusalén, sino de Belén, un pueblito desconocido, de la periferia del mundo. Así habla Dios. Así llega Dios a este mundo. Así es el camino abierto por Dios en esta humanidad para salvarnos. Ese es el camino que nosotros también como discípulos-testigos de la noche de Belén estamos llamados a recorrer.

Una Navidad así es muy cuestionadora, muy cruda para los gustos de nuestro mundo. Mejor entonces edulcorarla, volverla un cuento bonito, como un cuento de hadas más, y reemplazarla por historias que nos embelesen pero que no nos lleven a cambiar nada en nuestras vidas. Nos sentimos sin duda más cómodos con un Santa que llega con todo su carruaje de renos repleto de regalos; con un supuesto “espíritu de navidad” con olor a mandarinas y con otras fórmulas séudo navideñas que nos incitan a centrarnos en nosotros mismos, a encerrarnos en nuestras cápsulas egoístas y a olvidarnos del sufrimiento y dolor que nos rodea.

La Navidad de este año acontece  en un mundo dominado por grandes poderes imperiales,  convulsionado por el terrorismo, con campamentos abarrotados de refugiados, por naufragios en alta mar de pateras sobrecargadas de migrantes desesperados que buscan huir de la miseria, de inmensos cruceros navideños llenos de turistas que se dan la buena vida. Acontece en una Venezuela donde los niños mueren de hambre, las familias no tienen cómo abastecerse, los enfermos no consiguen medicinas, donde no hay seguridad en ninguna parte, donde el diálogo no avanza, la miseria crece, las familias se disgregan.

En medio de tanta desesperación, necesitamos celebrar Navidad. Necesitamos escuchar nuevamente el canto de los ángeles. Necesitamos ir con los pobres pastores a ver al niño y con José y María recargar de esperanza nuestras almas vacías. Necesitamos celebrarla familiarmente, comunitariamente. Celebrarla con sencillez y austeridad pero celebrarla. José y María no pudieron celebrar su primera Navidad con su familia. Un capricho del emperador los había dispersado. Muchos de nosotros no podremos reunirnos todos en familia. Muchos estarán lejos, en otros países. No la vamos a poder celebrar con todas nuestras tradiciones culturales y culinarias. Pero eso no significa que no podamos celebrar la Navidad.

Mantengamos viva nuestra fe, nuestras celebraciones y las hermosas tradiciones que fortalecen los lazos del regalo más bello de esta tierra después del Niño Dios: la familia. No dejemos de reunirnos en familia, los que estemos, y compartamos lo poco o mucho que llevemos para la comida. No dejemos que la inseguridad o el miedo nos impida  ir juntos a la misa de Nochebuena o del día de Navidad. No dejemos de alegrarnos, de cantar  “Niño Lindo” mientras destapamos el niño Jesús de nuestro pesebre casero. No dejemos de comunicarnos con nuestros seres queridos. No dejemos de tomar en cuenta a nuestros familiares mayores, enfermos. Nadie nos puede robar el gozo de celebrar la Navidad.

Navidad es un acontecimiento. Hagamos también de nuestra Navidad un acontecimiento de amor y solidaridad. En momentos tan difíciles como los que atraviesa nuestro país, seamos solidarios y afectuosos con nuestros semejantes, con el que nos necesite, sólo así daremos un sentido pleno a la festividad del nacimiento de aquel niño, venido de Dios, y que, siendo Dios mismo, nos pidió amarnos como él nos amó. Esa, y no otra, es la verdadera esencia de la fiesta que el Señor quiere que tengamos en la tierra.

Les deseamos a todos una Feliz y Santa Navidad 2016.

 

+Ubaldo R Santana Sequera FMI              + Angel F Caraballo Fermín

Arzobispo de Maracaibo                                 Obispo Auxiliar

 

 

Vía Panorama/www.diariorepublica.com

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