Historias de una viajera por el mundo: Descubriendo Camboya

Publicado el 30 de octubre de 2017

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Hoy fue uno de esos días mágicos que te regala el viaje, este viaje de la vida que nos enseña algo a cada instante. 

Cada día nos convencemos más de que siempre estamos en el lugar indicado y en el momento preciso para vivir esa experiencia, conocer esa persona, sentir eso que sentimos, aprender eso que aprendimos y crecer eso que necesitábamos crecer.

Cada vez estamos más convencidos de que si te mueves, las cosas se mueven, y que si eliges arriesgarte y ver qué pasa, descubrirás un mundo nuevo y verás que todo fluye, si te encuentras en sintonía con el camino que transitas.

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El camino hoy nos lleva a unos de los lugares más especiales de este país hermoso en el que estamos viviendo “hoy”: Camboya.

Navegamos por “El Lago Mechry Village”, donde todas las casas son flotantes, los pequeños barcos son el medio de transporte y los habitantes te regalan una sonrisa en cada pasada.

El paisaje es un regalo para nuestros ojos que no dejan de sorprenderse con cada rincón de este mundo flotante, que tiene una energía imposible de describir con palabras.

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Despues de un largo recorrido, paramos en unos de estos hogares sobre el agua y aparece “Mao”. Ella lleva una gran sonrisa en su rostro, lleno de vida, de experiencia, de luz.

Está sentada en el suelo, rodeada de unas ramas de colores. A su costado tiene una caja donde guarda sus herramientas de trabajo. Sobre ella veo que hay un trocito de mango, otro de queso y otro pedacito de pescado. Me pregunto si es solo eso lo que comerá.

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Mientras observo, me mira y me invita a compartir este “Arte” tan lindo que está haciendo. No entiendo bien de qué se trata, pero con el corazón lleno de alegría frente a tal invitación, no dudo en sentarme con ella.

Lo primero que hace es ofrecerme un pedacito de lo que tiene guardado para comer. En ese instante empiezo a aprender de esta hermosa mujer.
Tenemos idiomas diferentes, pero en este viaje descubrí que la mirada es el idioma universal y la sonrisa comunica más que cualquier palabra. Nos miramos, y sin entender pero entendiendo todo, comenzó a mostrarme lo que que estaba haciendo.

Una vez que sintió que me había mostrado lo necesario, me miró, me sonrió y con un movimiento de cabeza me dijo: “Ahora te toca intentarlo”. Debo admitir que me puse un poco nerviosa, pero cuando empecé a intentar trenzar esos colores, y dudé por un segundo si lo estaba haciendo bien, sus mano acarició la mía y me dio la seguridad que necesitaba para hacerlo.

Cuando finalmente terminamos, me miró con una sonrisa tan linda como diciendo: ¡Te felicito!¡Lo hiciste muy bien! Compartiendo ese momento con ella aprendí más que su artesanía; recordé lo lindo que es disfrutar del proceso de las cosas, sin pensar en lo que va a ser o va a pasar; y el valor de esa sonrisa, de ese corazón que se alegra con el crecimiento del otro, esa humildad y esa mirada llena de amor. Me emociona de solo recordarlo y con cada palabra vuelvo a pasar esa experiencia por el corazón.

Me siento agradecida y bendecida con esta mujer, con este viaje que me trajo hasta aquí y que me muestra lo que necesito ver. Sigo afirmando en mi alma que vale la pena moverse, salir a descubrir el mundo y encontrar en cada lugar, experiencia o persona, ¡un maestro! Finalmente, creo que la vida misma es un viaje.

¡Anímate tú también a salir al encuentro de lo que te está esperando! 

Vía La Bioguia/www.diariorepublica.com

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