¿Qué nos dice la salida de Brahma de Venezuela?

Publicado el 23 de marzo de 2013

angel-alayonPor Ángel Alayón

La empresa cervecera Brahma anunció que dejará de producir en Venezuela y abandona el país. Ya en 1942 Joseph Shumpeter, en su libro Capitalism, Socialism and democracy advertía que el cierre de empresas podía ser parte de un proceso de “destrucción creativa” en el que nuevas empresas, con productos innovadores, desplazaban a las rezagadas, cuyo destino era la quiebra o el cierre. Para Shumpeter, el proceso de “destrucción creativa” era inherente a la dinámica capitalista y muchos han interpretado que el cierre de empresas es una consecuencia necesaria de la innovación y del crecimiento económico. Desafortunadamente, el cierre de Brahma no tiene relación con el proceso descrito por Shumpeter. El anuncio de Brahma se enmarca, más bien, en una lamentable y peligrosa tendencia. El número de empleadores en Venezuela en el 2002 era de 611.803 empresas, según datos del INE. Para enero de este año, el número de empleadores había disminuido hasta llegar a 345.386. Una dramática caída en el número de empresas que operan en el país que nada tiene de creativa, pero sí de destrucción.

La mayoría de las empresas que deciden cerrar lo hacen de forma sigilosa. Brahma es una empresa grande que pertenece a un poderoso conglomerado internacional. Tuvo que comunicar al público su decisión. En las clases de economía se enseña que una empresa decide cerrar cuando el ingreso por la venta de sus productos no le permite cubrir el costo variable. Simplificando, una empresa cierra cuando pierde dinero cada vez que vende una unidad de su producto. El comunicado de Brahma en el que anuncia su partida se refiere a estos conceptos. Dice que sus ingresos han caído por lo que no han podido reinvertir. Hablan de la inviabilidad de la empresa. Esta explicación sería suficiente para justificar el cierre de la empresa desde el punto de vista de la teoría de la organización industrial. Ingresos que no permiten cubrir los costos describen un proceso de destrucción del capital. Sin embargo, el comunicado se refiere también al incremento en los costos operativos. Y es este crecimiento en los costos lo que debe preocuparnos, porque no solo afecta a Brahma, sino a todas las empresas que realizan actividad económica en Venezuela.

Cada día es más costoso hacer negocios en Venezuela. En apenas cuatro años, Venezuela pasó del puesto 106 en el ranking de competitividad global al 126. Brasil está en el 53, Colombia en el 68, Bolivia en el 104. En el ranking de facilidad de hacer negocios, Venezuela se ubica en el puesto 180. Casi no hay países detrás del nuestro. Somos el país líder en el mundo en cuanto a expropiaciones: más de 1.000 empresas han pasado a manos del Estado en los últimos diez años. La carga fiscal a las empresas nos ubica también entre los países más costosos del mundo para ejercer la actividad económica. Controles de precios, restricción de divisas, restricción para movilización de cargas y la imposibilidad de repatriar dividendos al extranjero para el caso de empresas trasnacionales son factores que complican el entorno de las empresas. Mientras nuestros socios chinos y brasileños hacen esfuerzos por promover la inversión privada, aquí la alejamos, o casi que sería correcto decir que la espantamos.

Uno desearía que Brahma fuera un caso aislado, algo menor. Pero, en realidad, el caso de Brahma es un síntoma de un problema que atenta directamente contra el bienestar de los venezolanos: no hay ningún país del mundo que haya podido prosperar y superar la pobreza de forma sostenible sin una inversión privada vigorosa. Es paradójico que el origen de Brahma sea brasileño. Brasil, un importante socio comercial y político de Venezuela, nos podría contar cómo un país puede hacer el tránsito del estatismo y sus consecuencias a uno donde el sector privado prospera y el Estado lo impulsa y coopera con él en beneficio de sus ciudadanos.

Shumpeter decía que los primeros interesados en implementar el capitalismo deberían ser los promotores del socialismo. Argumentaba que el capitalismo era la única forma efectiva de acabar con los poderosos tradicionales a través de la innovación, un paso necesario hacia el socialismo. También decía que, para liberar a los hombres de la necesidad de dedicar la mayor parte de su tiempo a la actividad económica, el socialismo necesitaba una sociedad industrializada y eficiente y eso sólo lo podía producir el capitalismo. Algunos dicen que Shumpeter argumentaba esto para atraer la atención de los socialistas de su tiempo. Sin embargo, hace pocos años, durante el Congreso de Partido Comunista Chino en el que se discutía la inclusión de la propiedad privada en la Constitución, le preguntaron a un alto dirigente del Partido si consideraba que la constitucionalización de la propiedad privada en China era una desviación del comunismo. Curiosamente, la respuesta fue shumpeteriana: “No, al contrario. Para poder alcanzar el nivel de industrialización que requiere el comunismo, necesitamos inversión privada por unos doscientos o trescientos años más”. Una respuesta conveniente, dadas las circunstancias, pues, como diría Keynes, en el largo plazo todos estamos muertos. Mientras tanto, lo que estamos aquí, debemos evitar las lamentables consecuencias de la destrucción de empresas, consecuencias que están a nuestra vista, aquí y ahora.

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