
El corazón histórico de Maracaibo alberga un doloroso contraste: la imponente silueta neoclásica del Templo San Felipe Neri se yergue, no con la dignidad de un monumento, sino arrinconada entre montañas de basura, viejos tarantines de buhoneros y un profundo abandono oficial. Este ícono arquitectónico del siglo XIX ha pasado de ser un hito de fe y patrimonio a un símbolo de la desidia institucional.
Declarado Monumento Histórico Nacional desde 1960 y Monumento Histórico del estado Zulia en 2004, el templo, erigido entre 1806 y 1835, se ha convertido, literalmente, en un relleno sanitario en pleno centro de la ciudad, en la parroquia San Juan de Dios. La estructura está visiblemente carcomida por graves fisuras, la acumulación de filtraciones y un deterioro estructural que amenaza su existencia, sirviendo además de guarida para la delincuencia y personas en situación de calle.
Historia entre esplendor y ruina
La construcción de este templo tiene raíces profundas en la historia marabina. Fue levantado por órdenes de José Simón Peña, entonces propietario de la Isla de Providencia, cerca del sector conocido como La Salina del barrio El Saladillo. El cronista gráfico Coy Nubardo documenta que los planos originales fueron concebidos por el ingeniero Olegario Meneses en el sitio de una antigua casona denominada «Las Tenerías».
A pesar de su linaje, la edificación ha enfrentado una historia marcada por la adversidad. El doctor Ernesto García McGregor, citado por Nubardo, recuerda el impacto del devastador terremoto de 1875 con epicentro en Cúcuta, el cual destruyó gran parte de sus techos y muros, forzando una prolongada clausura. Aunque hubo intentos de convertirlo en panteón en 1910 y 1986, ninguno prosperó.
Una Arquitectura que «dicta cátedra»
Aún en ruinas, el San Felipe Neri exhibe una belleza que, según el libro Maracaibo ciudad y arquitectura, de Miguel Sempere Martínez, «dicta cátedra para los futuros arquitectos». Tras sus desvencijadas verjas de hierro forjado, se aprecian sus claras reminiscencias neoclásicas.
La estructura se define por su nave central rectangular, sostenida por contrafuertes y un techo a dos aguas. Su fachada es coronada por un frontón que reposa sobre dos pilastras dóricas, acentuando el acceso. Destaca el presbiterio al fondo de la nave, coronado por una elegante cúpula, que rompe la homogeneidad del techo central. El segundo volumen alberga la espadaña, donde se ubicaba el campanario, y presenta ventanas de arcos de medio punto.
El Laberinto del abandono
El historial de propiedad y promesas de rehabilitación ilustra la larga data del abandono. Tras su construcción inicial y una donación del empresario Manuel Belloso a la Diócesis de Maracaibo en 1922, el templo fue vendido al INAVI en 1979 y transferido al Centro Rafael Urdaneta (CRU) en 1988.
Desde 1996, el CRU paralizó cualquier obra de recuperación. Los amagos de rehabilitación se extendieron por décadas, llegando la última gran promesa en 2015, la cual tampoco se concretó. Hoy, la indiferencia institucional ha permitido que una pieza clave del patrimonio zuliano se disuelva lentamente bajo el peso de la basura, la maleza y el comercio informal que lo asedia, dejando una dolorosa cicatriz en el centro de Maracaibo.
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