
Estados Unidos ha marcado una escalada dramática en su estrategia de máxima presión contra el gobierno de Nicolás Maduro. Las operaciones marítimas en el mar Caribe se han intensificado significativamente, culminando con la intercepción de un tercer buque petrolero en aguas internacionales cerca de la costa venezolana. Esta acción no solo reconfirma el compromiso de Washington de bloquear el comercio de crudo sancionado de la nación caribeña, sino que también subraya la naturaleza acelerada y contundente de la campaña de cerco.
La noticia de esta tercera intercepción fue confirmada por funcionarios estadounidenses a la agencia Reuters. Lo notable es el ritmo de las operaciones: esta última acción se produjo tan solo horas después de la incautación de un segundo petrolero en la misma área estratégica, demostrando una determinación de cortar las rutas de exportación que sirven como la principal fuente de financiamiento para el gobierno de Maduro.
Si bien las autoridades estadounidenses mantuvieron en reserva el nombre y la ubicación precisa de la embarcación en esta última operación, reportes de la agencia Bloomberg sugieren que el buque interceptado podría ser el Bella 1. Este petrolero, que navega bajo bandera panameña, ya figuraba previamente en la lista de entidades sancionadas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Dicha inclusión previa en la lista negra de Washington proporciona la justificación legal para la intervención y refuerza el mensaje sobre las consecuencias de comerciar con crudo venezolano.
Estas confiscaciones llegan en un momento geopolítico crucial, inmediatamente después de que el presidente Donald Trump anunciara una política de «bloqueo» total contra cualquier petrolero que intente entrar o salir de Venezuela transportando crudo o productos refinados sancionados. Esta medida, considerada sin precedentes en su alcance reciente, representa el punto álgido en la estrategia de presión económica de Washington. La implementación de esta política de «bloqueo» trasciende la mera imposición de sanciones y se traduce en acciones físicas de interdicción en alta mar.
El impacto práctico de este cerco se hizo evidente el sábado, cuando Estados Unidos interceptó el segundo petrolero frente a las costas venezolanas. Según declaraciones de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, la Guardia Costera de Estados Unidos, en colaboración directa con el Departamento de Guerra, ejecutó la operación en la madrugada del 20 de diciembre. Estas acciones, llevadas a cabo bajo el marco de la ofensiva contra el comercio ilícito de petróleo, tienen la intención de enviar una señal inequívoca a las navieras internacionales, los propietarios de buques y las compañías de seguros sobre los graves riesgos legales y operativos de participar en transacciones con el régimen venezolano.
La Administración Trump sostiene que estas operaciones marítimas son fundamentales para salvaguardar los intereses de seguridad nacional de EE. UU. y para ejercer una presión económica directa y sostenida sobre el gobierno de Nicolás Maduro, buscando forzar un cambio político en Caracas. A medida que la tensión se traslada de las declaraciones a la acción directa en el Caribe, la comunidad internacional observa con cautela, en un escenario donde las tensiones geopolíticas en la región alcanzan un nuevo y peligroso punto de ebullición. El destino del flujo de petróleo venezolano y, por ende, del financiamiento del gobierno, pende ahora de las intercepciones en alta mar.
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