
En medio del silencio sepulcral y el polvo que aún se levanta entre las ruinas de Caraballeda, una de las zonas costeras más golpeadas por los recientes terremotos del pasado 24 de junio, camina Sebastián Corro. Tiene apenas 10 años, cursa el cuarto grado de primaria y, lejos de resguardarse, decidió equiparse para ayudar. Equipado con un casco con linterna firmado por brigadistas internacionales, lentes de seguridad, chaleco con la bandera de Venezuela y botas militares, este pequeño se ha convertido en el símbolo de esperanza de la región bajo el apodo de el «Topito venezolano».
Tomado de la mano de su abuelo, Cristóbal Corro —un experimentado rescatista local de 68 años—, Sebastián recorre diariamente los sectores devastados. Su indumentaria no es un juego de niños: en su cintura cuelgan unos guantes profesionales marcados con su inicial.
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