
La artista catalana inaugura el tour mundial de su cuarto disco, ‘Lux’, con un espectáculo vanguardista que fusiona el ballet clásico, la electrónica y el fervor religioso ante 15.000 personas.
Prometía éxtasis y no decepcionó. Rosalía comenzó este lunes la gira de su cuarto álbum, el místico ‘Lux’, en la ciudad de Lyon. La artista rindió al público francés con un viaje ecléctico que transitó entre la delicadeza de un ballet y el desenfreno de una fiesta electrónica en una iglesia abandonada. Con la orquesta situada en el corazón del pabellón LDLC Arena, un recinto para 15.000 personas, la puesta en escena se mantuvo bajo un hermetismo absoluto hasta que unas compuertas de madera revelaron una enorme caja blanca.
De su interior emergió Rosalía, proyectando la imagen de una frágil muñeca bailarina con tutú y zapatillas de punta. El inicio fue una declaración de intenciones centrada en su nuevo material, abriendo el repertorio con ‘Sexo, violencia y llantas’ y ‘Reliquia’.
El ballet como hilo conductor del espectáculo
Danzando sobre sus punteras, la estética clásica guio los primeros compases del concierto hasta alcanzar un clímax lírico con ‘Mio Cristo Piange Diamanti’. En este punto, la intérprete sustituyó el tutú por un velo, transfigurándose en una suerte de Maria Callas contemporánea. Sin embargo, la delicadeza dio paso al impacto visual con la wagneriana ‘Berghain’, donde Rosalía lució cuernos de plumas negras mientras el tema se transformaba en una ‘rave’ oscura y frenética.
El nuevo disco cedió terreno momentáneamente para rescatar éxitos de su predecesor, ‘Motomami’. Canciones como ‘Saoko’ y ‘La fama’ elevaron la temperatura del pabellón, confirmando la conexión total de la artista con su audiencia en su primera visita a Lyon.
Entre la iconografía artística y la raíz urbana
El espectáculo alternó con maestría los ritmos urbanos de ‘La Combi Versace’ con sonidos de raíz flamenca presentes en ‘De madrugá’ o ‘El redentor’. Uno de los momentos más cinematográficos ocurrió durante su versión de ‘I can’t take my eyes off you’. Rosalía apareció en lo alto de una escalera, estática como una Mona Lisa en el Louvre, mientras era fotografiada por los asistentes antes de desfilar con el aura de una estrella del Hollywood dorado.
Un confesionario humano en mitad del escenario
La cercanía con sus seguidores marcó el bloque central. Rosalía invitó a un admirador a un confesionario improvisado en el escenario, donde el joven relató una traición amorosa. Tras escucharlo, la cantante sentenció con humor el carácter del ex de su fan antes de interpretar ‘Perla’ y ‘Sauvignon blanc’, esta última interpretada mientras bebía una copa de vino sobre el piano.
En el tramo final, acompañada por la orquesta Heritage, la artista se mezcló con la multitud para cantar ‘Dios es un stalker’. El cierre definitivo llegó tras un despliegue de energía con ‘Bizcochito’ y ‘Despechá’, culminando el evento con ‘Magnolias’. Sola sobre el escenario, Rosalía selló una noche donde la música dejó de ser un producto para convertirse en un rito espiritual.
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