
Tras haber perdido a su madre, a su hermano menor y a su abuela bajo los escombros durante los terremotos del 24 de junio en Venezuela, los hermanos Winder (15) y Deivi Delfín (17) migraron a Cali junto a su padre en busca de estabilidad. Sin embargo, la tragedia los alcanzó nuevamente al enfrentar el sismo de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia este lunes 10 de agosto, un nuevo golpe que profundiza el drama de las familias desplazadas por las catástrofes naturales.
La historia de resiliencia y dolor de la migración venezolana sumó un nuevo capítulo este lunes 10 de agosto, cuando dos adolescentes que habían escapado de la devastación de los terremotos en su país natal volvieron a sobrevivir a un movimiento telúrico de gran intensidad, esta vez con epicentro en Colombia.
Winder y Deivi Delfín, de 15 y 17 años respectivamente, se encontraban residenciados temporalmente en Cali junto a su padre, Deivid Delfín (44), quien ejerce como barbero en la ciudad colombiana. Los jóvenes habían llegado a territorio neogranadino a principios de julio, pocas semanas después de que la familia sufriera el peor de los golpes: la pérdida de la madre, el hermano menor y la abuela de los muchachos, quienes fallecieron tras el colapso de su vivienda durante los sismos de magnitudes 7,2 y 7,5 que azotaron Venezuela el pasado 24 de junio.
Con la esperanza de ofrecerles un entorno seguro y un nuevo comienzo lejos de las zonas colapsadas, el padre había reunido a sus hijos a su lado. No obstante, la tranquilidad duró apenas semanas.
El pánico y el reencuentro en medio del caos
Cuando el terremoto de magnitud 7,4 —con epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó— comenzó a sacudir Cali este lunes, Deivid Delfín se encontraba fuera del hogar y corrió desesperado hacia la vivienda ante el temor por la seguridad de sus hijos.
El pánico colectivo provocado por el sismo hizo que los adolescentes salieran despavoridos en busca de resguardo, impidiendo un contacto inmediato. Minutos de angustia precedieron al reencuentro que, finalmente, confirmó que ambos jóvenes habían logrado ponerse a salvo sin lesiones de gravedad.
«Se me salieron las lágrimas y todo, porque me daba miedo lo que viví ya, lo que vivieron mis hijos. No quiero que les pase nada a mis hijos», relató con evidente conmoción el padre a The New York Times.
Tras el susto, la familia optó por permanecer a la intemperie ante el temor latente de réplicas, aferrados a la supervivencia: «Pero aquí estamos bien. Nosotros estamos aquí, con vida», expresó Delfín.
El nuevo movimiento telúrico en territorio colombiano incrementó la tensión nacional, registrando un balance preliminar de 169 fallecidos, 668 heridos y 165 edificaciones colapsadas en áreas capitales, mientras los organismos de socorro mantienen las labores de búsqueda. Para los hermanos Delfín, el sismo se convierte en una dolorosa prueba del impacto que los desastres naturales han dejado en su proceso de migración y reconstrucción familiar.
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