
El director presenta su obra en el prestigioso festival francés, balanceándose entre la alarma por la crisis y la esperanza del cambio.
Un panorama de incertidumbre y resistencia
El cineasta Jorge Thielen Armand ha llevado el nombre de Venezuela al Festival de Cannes, un logro que ocurre tras casi una década de ausencia del país en las pantallas de este prestigioso evento. Su participación se da en un contexto complejo, marcado por una realidad nacional que el director describe como un escenario donde todo se mueve y se está descomponiendo. Según Thielen, la situación actual genera una constante incertidumbre, al punto de sentir que cada película que se hace en Venezuela puede ser la última.
A pesar de los desafíos estructurales, el director percibe un cambio en la atmósfera social tras los recientes acontecimientos políticos de enero pasado. Aunque confiesa no saber bien qué pensar debido a la contradicción entre la alarma y la esperanza, asegura que al menos las cosas se están moviendo, incluso si esos giros aún no se ven reflejados de forma clara en la economía o en la política institucional.
La energía que nace desde la calle
Para el cineasta, las transformaciones no necesitan un decreto para hacerse notar, ya que se sienten directamente en la calle, en los mercados y en el día a día de los ciudadanos. Hay una nueva energía vibrando en el ambiente, y la proyección de una obra venezolana en Cannes es, en gran medida, el reflejo de esa fuerza colectiva que se niega a desaparecer.
La presencia en el festival europeo es un triunfo meramente artístico y de autogestión, ya que el país carece de representación institucional en el evento. El director lamentó la ausencia de un pabellón o un stand oficial que respalde a los creadores nacionales, lo que convierte la proyección de su filme en un motivo de celebración doble.
Inspirar a las nuevas generaciones
Este logro internacional busca ser un faro para los realizadores que aún permanecen en el territorio. Thielen espera que este hito inspire a las personas que desean filmar en Venezuela, animándolas a quedarse y a contar sus historias desde el propio terreno en lugar de emigrar para buscar locaciones en otros países.
El propio director confesó que en algún momento evaluó la posibilidad de trasladar el rodaje hacia Colombia debido a las facilidades logísticas. Sin embargo, el compromiso con su identidad y la fuerza de la narrativa lo hicieron desistir. Al final, la historia misma rechazaba otro escenario y lo empujaba de vuelta a Venezuela.
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