
El doble sismo deja pérdidas materiales millonarias y sume en la incertidumbre a miles de trabajadores que dependían del turismo caraqueño.
El fin de la actividad turística costera
«¿Dónde voy a sacar dinero?», se lamenta Faisuris Álvarez frente a la solitaria costa de La Guaira, zona cero de los terremotos en Venezuela. La frenética actividad típica de este balneario se detuvo de golpe con el desastre que dejó más de 4.000 muertos. Las playas de este estado son las favoritas de quienes viven en Caracas, ya que se encuentran a unos 40 minutos en auto. Familias, surfistas y turistas colmaban los fines de semana la larga costa frente al mar Caribe.
Pero el doble sismo del 24 de junio borró aquella imagen de postal veraniega con miles de personas que dinamizaban la economía local. Ahora todo es escombros e improvisados albergues para damnificados. En playa Escondida reina la desolación: kioskos en hilera cerrados y sombrillas solas. Álvarez está llena de interrogantes. «¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a trabajar?», dice esta vendedora de pescado frito.
Comerciantes en la total incertidumbre
Para animarla, sus compañeros le aseguran que en un año volverán los bañistas. «¡¿Cómo vivir un año sin hacer nada?!», les responde. Su negocio es su única fuente de ingresos, como ocurre con las más de 70 familias que trabajan en esa playa. Desde abastos hasta restaurantes, los comercios de La Guaira están en su gran mayoría cerrados o hechos ruinas, al igual que decenas de edificios residenciales, por los potentes terremotos de magnitud 7,2 y 7,5.
La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres estima pérdidas cercanas a 37.000 millones de dólares solo en daños materiales. «Además de las pérdidas directas, suelen presentarse efectos indirectos sobre el comercio, el transporte, las cadenas de suministro, el empleo y el consumo», explica al respecto el economista Asdrúbal Oliveros.
Saqueos y destrucción de patrimonios
La tragedia fue terreno fértil para saqueos en distintos puntos de la región. Luis Baena perdió toda la mercancía de su almacén. Él mismo grabó el saqueo la mañana siguiente a los sismos y denunció en redes sociales cómo decenas de personas se llevaban más de seis contenedores de productos de iluminación. Luego, un incendio terminó de convertir en cenizas más de 11 años de trabajo.
Contempla ensimismado las paredes chamuscadas y fierros retorcidos de lo que solía ser Bilight, un negocio del que dependen otras 60 familias. «El esfuerzo de tantas personas se ve comprometido», lamenta el empresario de 52 años. Los Baena se arraigaron en La Guaira hace un siglo; su legado familiar pende ahora de un hilo.
Perspectivas para una lenta reconstrucción
En Maiquetía, eje económico regional donde el aeropuerto internacional opera parcialmente cerrado, algunos locales intentan reabrir. Anabel Delgado, de 56 años, espera clientes frente a la peluquería donde trabaja. La afluencia es tenue, pero empiezan a notarse brotes de reactivación. «Esto es algo que lleva tiempo, pero todo se va a enrumbar», confía por su parte Enio Fernández, dueño de un pequeño abasto.
La reconstrucción de este golpeado estado puede convertirse en un motor de actividad, pero solo si existen recursos suficientes, instituciones capaces y reglas que generen confianza para la inversión. Mientras los rescatistas extranjeros se retiran, muchos locales prevén partir por la mermada economía y el trauma. Sin embargo, ciudadanos como Baena resisten: «Juntos recuperamos el estado, juntos hacemos que esto sea vivible».
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