Enigmas y curiosidades de la tablita

Publicado el 18 de noviembre de 2012

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Mucho antes de ser venerada en el Zulia, esta amada señora ya tenía devotos en Colombia y en Aregue, capital del municipio Chiquinquirá, del estado Lara.

En ese pintoresco pueblo existe un lienzo de ella, que tiene más de 400 años A partir de su gran milagro de renovación en el retablo rescatado de las aguas del Lago por la humilde anciana María Cárdenas, y otros hechos subsiguientes que despertaron la fe del pueblo zuliano en María del Rosario de Chiquinquirá, la tablita donde se ve su imagen se ha hecho acreedora de innumerables misterios.

Se trata de prodigios dignos de ser conocidos, aunque sólo gocen de certificación en la fe religiosa que no demanda de pruebas.

Tal es el caso de algunos atractivos misterios que en su momento fueron contados por Enairo Villasmil, joyero de la Virgen desde 1969. Este saladillero de 80 años de edad, fue una de las pocas personas que más tuvo el retablo de la Virgen en sus manos.

En las últimas cuatro décadas la agarró tres veces por año, para limpiarla y darle mantenimiento: después de la Bajada, el día de La China y antes de subirla de nuevo a su altar. Y cada vez que la manipulaba ocurría algo sorprendente.

Una extraña energía se apoderaba de él, y entonces ocurría algo inexplicable. “Cuando uno tiene ese retablo en la mano la voz se le silencia. No habla, sólo se piensa, y sobre ese pensar salen lágrimas.

Es algo indescriptible que le hace sentir a uno que, definitivamente, esa tablita bajó del cielo. Y le ocurre a todo el que la toca. Nadie dice nada. Sólo lloran y después se desahogan, contentos, porque tuvieron a la Virgen en sus manos”, dijo con emoción Enairo Villasmil en una de las últimas entrevistas que concediera antes de fallecer.

Huellas en la tablita

El Joyero de la Virgen, quien creía haber sido escogido por la madre de Dios para que cumpliera tan honrosa misión, lo cual le satisfacía mucho, reveló que, 300 años después de aparecer, la imagen de la gran Dama del Saladillo permanece intacta en la tablita. “No se le ha borrado ningún detalle a su figura y en algunas ocasiones brilla más que en otras.

Cuando se le ve más clara es porque la Virgen está presente en la Basílica, y cuando no se ve muy bien es porque anda haciendo un milagro”, manifiestó este hombre, quien salvaguarda que dicho comentario forma parte de las creencias que reposan en la fe de quienes la veneran y pasan mucho tiempo junto a la reliquia.

Igualmente, otro comentario asombroso de Enairo Villasmil es que, aparentemente, en el fino retablo -su grosor es como el de un fuerte (moneda) de los de antes- se ven las huellas de la viejecita de cuando levantó la tablita de la tinaja. Decía que se notan muy opacos, pero que allí están marcados sus pulgares, en los extremos izquierdo y derecho del retablo, y que para verlos hay que mirarlos muy bien con la ayuda de una lupa. 150 clavos de oro.

Un dato curioso que recordaba Enairo Villasmil, es aquel cuando en los años 90 tuvo que quitar las figuras de oro que bordeaban la silueta de la Virgen, porque los 150 clavitos que las sostenían estaban dañando el retablo. También retiró en esa ocasión el cordón y la palma de oro de San Antonio.

Esas figuras habían sido colocadas en 1942, cuando la iglesia católica coronó canónicamente la reliquia. Monseñor Roberto Lückert confirma este dato: “Yo decidí quitarle esas figuras porque estaban deteriorando el retablo.

Eran de oro de 24 kilates, pero para mi significaba impureza que hasta distorsionaba la imagen de la Virgen. Pero más conforme quedé de haberlo hecho cuando, al retirarlas, recogí un pote de clavos que lo estaban dañando”.

Otro hecho curioso narrado por Villasmil es que el retablo de La China -actualmente soportado por una base de aluminio que lo sostiene, para que no choque con el vidrio durante las bajadas, procesiones o subidas al camerín- permaneció cubierto muchos años por un manto que sólo era retirado los dieciocho de cada mes.

“Ese día levantaba el ropón en la mañana, pero a las 6 de la tarde volvía a cubrir la reliquia. No se sabe por qué lo hacía”, comenta el Joyero, quien agrega que el sacerdote de esa época se apellidaba Rosado.

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El Padre Lückert ratifica a medias este comentario: “Lo que yo sé, lo cual no desmiente, es que el retablo permanecía cubierto y se destapaba únicamente en alguna misa u ocasión muy especial o cuando alguien, en una misa de difuntos, por ejemplo, ofrendaba algo y pedía ver la imagen de la Virgen”.

Prensa Gobierno del Zulia

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