
El gobierno de Cuba implementa medidas de austeridad extrema, incluyendo la reducción de la jornada laboral y el recorte de servicios de transporte, ante el recrudecimiento de las sanciones económicas y la interrupción del suministro de crudo extranjero.
Medidas extremas para frenar el colapso del sistema energético
La administración cubana ha activado un plan de contingencia severo para gestionar la drástica disminución de sus reservas de combustible. Entre las disposiciones más destacadas, el vice primer ministro, Oscar Pérez-Oliva Fraga, anunció a través de la televisión estatal la instauración de una semana laboral de cuatro días para el sector público. Esta medida busca reducir drásticamente el consumo en las administraciones y empresas estatales, incentivando el teletrabajo siempre que la naturaleza de la actividad lo permita.
Además de las restricciones laborales, se han impuesto límites estrictos a la venta de carburantes para vehículos particulares, lo que ha generado una preocupación inmediata en la población. Estas decisiones no son aisladas, sino que responden a una parálisis operativa que amenaza con detener sectores clave de la economía nacional si no se gestionan con extrema cautela los inventarios restantes.
Impacto directo en el transporte y la educación nacional
La crisis energética ha permeado todas las capas de la vida cotidiana en Cuba. El Ministerio de Transporte ha confirmado una reducción significativa en las frecuencias de autobuses y trenes que conectan las distintas provincias del país. Este recorte en la movilidad nacional busca concentrar los escasos recursos en la logística de distribución de bienes esenciales, dejando a miles de ciudadanos con opciones de traslado limitadas.
En el ámbito educativo, las jornadas escolares han sido recortadas para minimizar el uso de electricidad y climatización en los centros de enseñanza. Por su parte, las universidades han migrado hacia un modelo de funcionamiento semipresencial. El objetivo oficial es canalizar cada litro de combustible ahorrado hacia la producción de alimentos y la generación de energía eléctrica doméstica, evitando, en la medida de lo posible, los prolongados apagones que han afectado al país en meses recientes.
Prioridades estratégicas ante la escasez de divisas y alimentos
La estrategia de supervivencia de La Habana prioriza lo que Oscar Pérez-Oliva Fraga denominó como «la salvaguarda de las actividades fundamentales que generan divisas». En este sentido, incluso el sector turístico —el motor económico de la isla— ha sufrido ajustes, con el cierre selectivo de establecimientos que no resultan rentables bajo las actuales condiciones de suministro.
El gobierno intenta mantener a flote la producción agrícola, vital para reducir la dependencia de importaciones costosas. Sin embargo, la falta de combustible para maquinaria pesada y transporte de carga complica el abastecimiento de los mercados locales, creando un círculo vicioso que pone a prueba la resiliencia del modelo estatal cubano.
El cerco diplomático y comercial liderado por la Casa Blanca
El origen de esta parálisis se encuentra, según las autoridades cubanas, en la presión externa. Tras la drástica caída de los envíos de petróleo desde Venezuela, el presidente Donald Trump ha intensificado la estrategia de presión. Recientemente, el mandatario estadounidense firmó un decreto que abre la puerta a la imposición de aranceles a terceros países que mantengan intercambios petroleros con Cuba.
Esta política de hostigamiento ha tenido efectos inmediatos en los socios regionales. Trump aseguró que México, que se había convertido en un proveedor clave desde el año 2023, cesará sus suministros a la isla. Mientras Washington justifica estas acciones bajo la premisa de una «amenaza excepcional» por parte del gobierno cubano, desde La Habana se denuncia una estrategia de asfixia deliberada que busca el colapso social y económico del país.
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