Ese espejo indescifrable que llamamos Borges

Publicado el 26 de agosto de 2012

3-oleski-mirandaPor Oleski Miranda

“He cometido el peor de los pecados que un
hombre puede cometer. No he sido feliz.”

J. L. Borges

Agosto es el mes en que se celebra otro aniversario  más del nacimiento de  uno de los escritores más  trascendentes del mundo occidental: Jorge Luis Borges. La vida de este bonaerense fue uno de esos extraños casos donde los extremos se tocaron  exacerbadamente. A  pesar de ser  uno de los escritores latinoamericanos al que más se le acusó de reaccionario y de actuar  tan  conservadoramente, no cabe duda que su prosa, escritos y opiniones fueron de las más agitadoras.

Sin atreverme a ofrecer alguna respuesta a tan compleja cuestión, diría que pasó gran parte de su vida anticipándose, especialmente a la hora de emitir juicios. Al final de sus años dijo lo siguiente: “espero ser juzgado por lo que he escrito, no por lo que he dicho o me han hecho decir. Yo soy sincero en este momento, pero quizá en media hora ya no esté de acuerdo con lo que he dicho”; aunque dejemos de lado  su voluntad  por lo dicho en lo transcrito, diremos que esta frase es el mejor ejemplo de lo que fue su inusitada  naturaleza contradictoria.

Pero a pesar de que a Borges le parecía que las opiniones de un escritor o de cualquier hombre eran lo más superficial que hay en él, las suyas en gran medida, son las responsables de la creación del mito que actualmente conocemos como el taumaturgo de “El Aleph” y demás extraordinarias ficciones. Lo cierto es que  hoy es extraño que sus opiniones sean tomadas como superficiales, tal vez en el peor  de los casos, son consideradas   artificios reguladores para descifrar al mundo. Estas opiniones recogidas en diferentes documentos a lo largo de los años, hoy constituyen verdaderos erarios de su obra.

Diferentes  historiadores y biógrafos del autor, han recopilado datos y anécdotas que  ilustran lo concerniente a sus contradicciones. Uno de estos episodios se dio cuando  su sobrino le hizo escuchar una grabación de los Beatles, aunque le pareció interesante a pesar de su aversión por la música contemporánea, atinó a decir que si hubiera sabido  de  antemano que era el famoso grupo, se habría puesto en guardia. Borges mostraba un gran afecto por  clásicos como Brahms (el cual usaba de fondo para escribir, en colaboración con Adolfo  Bioy Casares), las viejas milongas (salidas de los prostíbulos y arrabales) y  tangos primitivos.

Otro ejemplo de la maleabilidad de sus juicios, se puede observar cuando manifestaba su desfavorable  posición  relacionada al psicoanálisis, la cual según sus críticos, estaba dirigida  más al culto que se le rendía al asunto que a la misma teoría, en todo caso veía con mejor simpatía a Jung: “En Jung hay una inteligencia amplia, receptiva, en el caso de Freud, todo se reduce a unos cuantos hechos desagradables”. Con igual desconfianza veía a las ciencias sociales  y a toda metodología totalizante: “Hay dos clases de mentiras: el psicoanálisis y la estadística. El psicoanálisis como la astronomía y la sociología es una ciencia hipotética, aparte de una mera jerga,” diría criticando toda acción clasificadora del ser, y agrega: “Repudio todo pensamiento sistemático porque todo sistema conduce necesariamente a la trampa”. Eduardo Galeano sintetizó estas aversiones diciendo que a Borges le inquietaba todo  lo que atrajera a la gente, como el fútbol y la política, o lo que  la reprodujera como los espejos y el amor.

El peronismo fue lo que políticamente más odió, especialmente luego que su madre y hermana fuesen detenidas en Diciembre de 1948, por vociferar en contra de Evita y Perón y alterar el orden público. A partir de ese momento, como lo explica  Horacio Salas, para el escritor  “todo lo que oliera a peronismo sería  repudiable y perverso”,   tanto que en su momento  llegó a apoyar  la sangrienta dictadura militar que se instaló en la Argentina encabezada por Jorge Rafael Videla, aunque años después  hizo público su arrepentimiento en reiteradas ocasiones.  Por otro lado, al fútbol lo tildaba de disciplina innoble y en cuanto al amor murió diciendo que fue desdichado, aunque  también dijo que moría enamorado.

A la edad de 55 años Borges pierde totalmente la vista como consecuencia de una enfermedad hereditaria que por generaciones había cegado a la familia de su padre, prevenido ante tan inexorable realidad, se convirtió en un ávido lector y como si fuera una bomba de tiempo a cuestas  leyó hasta el cansancio, por  lo que terminó diciendo  que a los hombres se les  debería reconocer más por lo que leen y  no por lo que escriben. Como director  general de la biblioteca nacional de Argentina, pasó 18 años rodeado de vastos anaqueles llenos de lo que más amó. Antes, la biblioteca de su padre  lo había marcado: “A veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”, lo que lo llevó a decir que ese había sido el gran acontecimiento de su vida. No es extraño entonces, que después de ciego, no se inmutara para seguir comprando libros, o que  entre sus recuerdos más recurrentes estuviera la imagen de   los grabados de acero  de la vieja   enciclopedia Chamber y de la británica, por encima de los rostros de aquel tiempo, refiriéndose a su abuelo, como lo expresó en su autobiografía.

Los azarosos linderos de la patria

La ciudad que lo vio nacer, Buenos Aires y la literatura fueron su patria, y como lo explicó  Carlos Fuentes en su ensayo La nueva novelahispanoamericana (1969), Borges  se erigió como  el primer narrador plenamente urbano de la región que va desde Río Grande a la Patagonia. Es así, como a   la más europea de todas las capitales latinoamericanas, Borges la exaltó verbalizándola, haciéndola  mito desde sus zaguanes y esquinas hasta su barrio Palermo, donde se había criado. Aunque negó y desvalorizó sus primeras  obras, especialmente aquellas que tuvieron como objeto la descripción de las costumbres y tradiciones  que el mismo quiso interpretar,Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928),  al considerar éstas  titubeantes y llenas de un falso color local, nadie mejor que él ha sabido descifrar los prismas  que sigue ofreciendo Buenos Aires.

Así como existen momentos o situaciones que podemos definir  kafkinas,  también existen las borgeanas, cánones ambos que van desde lo absurdo a lo contradictorio. Yo particularmente  tuve un encuentro de  índole borgeano  con un ítalo-argentino, cuando visité  una de las cientos de pizzerías que están en la calle Broadway de Nueva York, las mismas que  se han convertido en importante símbolo de la inmigración itálica  de esa ciudad.  En tal encuentro sucedió algo que posiblemente le hubiera caído  en gracia al propio Borges. Rutilantemente, hice que  el propietario del local se ofuscara  cuando le pregunté, mostrándole un libro que acababa de comprar Borges una biografía (1994) de Horacio Salas,   si él  era del país de Borges. Con alegoría nacionalista y sin dejar de ocultar su descontento por haber situado a su país de origen la Argentina, en la forma posesiva “de Borges”, esgrimió  que el  escritor nunca quiso a la Argentina por el hecho de haber preferido morir  por voluntad propia en Suiza  y no en el país que lo vio nacer. Por un buen rato seguimos hablando del asunto, de la política argentina, de otros escritores y demás menudencias entre olor a pizza salida del horno,  fue cuando entonces al despedirme, y como si no hubiéramos discutido nada sobre esa entelequia que llamamos  nacionalidad, me confesó que andaba en trámites legales para naturalizarse  estadounidense. Desconcertado,  sonreí en silencio.

Acaso  ese natural estado de desarraigo de los originarios de esa nación sureña es el  recurrente resultado de vivir en un país, que a decir de Carlos Fuentes es una ficción. Tal condición hace que   su    sueño de fundación sea la imitación nostálgica de la lejana Europa.  No en vano se ha repetido hasta el cansancio ese viejo aforismo que dice que mientras  los peruanos descendieron de los incas o los mexicanos de los aztecas, los argentinos  descendieron de los barcos. Pero es ésta crítica a la nacionalidad o lo nacional, la  que hizo que Borges ganara una gran cantidad de enemigos, al preguntarse por qué era  tan importante para todo escritor argentino ese concepto  que promulgan como la  “argentinidad”, la cual según él, no era otra cosa que una palabra fea. Sin embargo, no es difícil especular que Borges no hubiera sido lo que fue si hubiera nacido en Lima, la Habana o Caracas.

En el libro que se publicara basado en la entrevista del filme Borges para millones (1978) el escritor articuló lo siguiente: “Creo que todos pensamos demasiados en la parcela de tierra en  que hemos nacido. Pensemos en Grecia, pensemos  que en Grecia los hombres eran ante todo ciudadanos de una ciudad: Zenón de Elea, Heráclito de Efeso, y así de lo demás y que tiene que haber sido un escándalo cuando los estoicos dijeron  que había que ser cosmopolita, es decir ciudadanos del mundo”. Auscultaba que su patria eran los libros:“…y en ellos tengo la ilusión de que siempre estaré vivo”. No es de extrañar entonces el hecho de que Borges retomara  la idea originaría de preferir morir en Europa,  pidiendo que a ningún argentino se le ocurriera repatriarlo. No obstante, se sigue especulando sobre este último deseo,  del cual se ha dicho que ha sido más un arreglo de su última esposa María Kodama, para librarse de todo lo que hubiera envuelto su funeral  en la Argentina, sin duda otra situación borgeana.                                                                                       

Desde que escribiera su primer cuento en castellano antiguo La víscera fatal a los siete u ocho años, la publicación en 1919 de su poema Canción de mar  en la revista Grecia de la ciudad de Madrid, y los  libros Fervor de Buenos Aires (1923) hasta sus más reconocidos y laureados  Ficciones 1944, El Aleph (1949) o el Libro de arena (1975) y demás importantes ensayos y poesías, nunca optó por  escribir  una novela. Aunque no cabe duda que esparció   la simiente para que otros lo hicieran bajo su signo.

La novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (1980) es uno de los más  cautivos de los homenajes, la laberíntica novela del semiólogo italiano,  tiene  como mayor  escenario una enigmática biblioteca, y como protagonista un ciego llamado Jorge de Burgos,  sin duda una novela borgeana. Otro importante escritor que se convierte en exegeta del universo borgeano es el filosofo francés Michael Foucault, quien lo lee y cita de manera imperativa en alguno de sus trabajos más importantes. Foucault publica en 1966 uno de sus libros fundamentales Las palabras y las cosas,  allí confiesa en sus primeras líneas: “Este libro nació de un texto de Borges”. El escritor Roberto Alifano, director de la mítica revista Proa y amanuense del escritor argentino,  ha confesado que Octavio Paz alguna vez le había comentado  haber llamado El laberinto de la soledad a su reconocido libro de ensayos, después de haber leído un texto de Borges aparecido en la Revista Sur.

Según el Diccionario de escritores hispanoamericanos del  siglo XVI al siglo XX (2003),  las tesis que tienen como objeto en todo el mundo a este escritor porteño, superan el millar, convirtiéndolo  así, en uno de los hombres que ha lidiado con el oficio de escribir   a quien más se le rinde culto en los países occidentales. La clasificación de genio de lo fantástico podría parecer sobria, si se tiene  en cuenta  la  gran influencia que  hoy en día tiene en muchos espacios, la obra del más universal de los escritores latinoamericanos del siglo XX. Harold Bloom uno de los críticos literarios más reconocidos  en el mundo de las letras, asegura que Borges es uno de los escritores modernos con más poder de contaminación. Sí,  su obra es  contagiosa, reflexiva y estimulante, pero como toda gran obra también es muy dependiente de sus predecesoras. Se sabe producto de otros textos.  Sin embargo lo que  diferencia a Borges  de los grandes escritores que componen el canon literario occidental, es la marca de esa esencia latinoamericana en donde pretensiosamente  se intenta abarcar  todo lo posible.

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