La gasolina de los menesterosos

Publicado el 15 de junio de 2012

CARAS_0003_Miguel Ángel Campos.jpg Por Miguel Ángel Campos

La escritora Gisela Kozak exhuma el tema del petróleo, y no por enésima vez, aquello es carencia y abulia del venezolano, pero da en un punto sensible, la zona oscura, inexistente para la mayoría, elude el tópico manido y apela al sentido común. A propósito del punto de vista de uno de los excandidatos al premio de octubre: la gasolina seguirá siendo gratis, dice aquél, y obviamente alarma a la inteligente dama. Y a quienes somos menos inteligentes nos devuelve al monólogo de muchos años. Riqueza, petróleo, bienestar, abundancia (de qué, cuáles), igualitarismo, un catálogo florido no siempre bien despejado y peor relacionado. Cuál es el concepto de ese bienestar que maneja el venezolano, cómo se articula la riqueza en una sociedad reducida a la pura fisiología de la economía, a sus negocitos de compraventa, al consumo epiléptico, en fin. Gasolina gratis y transporte público de cuarta categoría, ya está, nuestra novelista ha establecido una relación conmovedora, incómoda, pues lo que conmueve no hace llorar, asusta, alerta. La función discrecional de la renta petrolera en Venezuela desde 1958 para acá se parece mucho al uso discrecional de la tecnología de guerra del ejército de EE.UU en Vietnam: ha mantenido un organismo funcionando al precio de su propia capacidad para reproducirse.

Por razones de mínima elegancia, quien aspire a gobernar este país, y en los últimos cincuentas año, debería haberse leído por lo menos Mene (Ramón Diaz Sánchez) y en varias sentadas, también, y en lectura pública, El señor Rasvel, ese libro conjurador de nuestra doble moral, y ya no digo “Arco secreto” (Gustavo Diaz Solis), el animal nocturno de ese relato abruma el realismo esquemático de cualquier asignador de presupuestos. Pero todo aquel con pretensiones de gestionar el bien desde las rasgaduras del petróleo está obligado a saber sobre éste un poco más que el precio fluctuante del barril. El petróleo nos dio un país bastante solvente en la era de aquellos hombres que enmendaron el gomecismo; tras el perezjimenismo, aun en ausencia de proyecto, sostuvo las bases de una expectativa, hoy, convertido en sólo agente de contabilidad, puede darnos únicamente un país de ordinal impreciso, de cuarta como el transporte o de quinta como la educación.

Quizás la forma más primitiva de redistribución de la riqueza en Venezuela sea esa del subsidio, o mejor dicho, de la gasolina gratis. Resulta popular y destructiva como la pesca de arrastre, también demagógica y axiomática como todo lo popular. Y sin embargo, todo el mundo aspira a tener un carro donde el Estado financia a los empresarios del transporte, desde los infames y anacrónicos carritos por puesto de la ciudad de Maracaibo hasta las empresitas de autobuses interurbanos. Esta gente taciturna desangra a los usuarios con los precios de los pasajes y la condición bárbara del servicio, todos debieran estar presos, los asaltos -muchas veces con complicidad de los empleados-, por supuesto, no son su responsabilidad. Pero hay más, el transporte de mercancías, alimentos y productos en general, debiera omitir el combustible de sus costos, este valor es insignificante y casi inexistente para los efectos de su contabilidad. Estos capitanes de empresa no debieran estar presos sino en el infierno, y que lo recorran pie.

El paisito desmemoriado ha olvidado que la mayor masacre de civiles que hemos tenido comenzó por el aumento del pasaje entre Caracas y una localidad cercana, Guarenas o Guatire (los chicos de la teoría de la conspiración dicen que el estallido fue de protesta contra la cartilla del FMI, hoy a los herederos de aquellos muertos les da igual.) El chantaje siempre está a un paso del crimen y eso ocurrió en febrero de 1989. Y ese chantaje es un arma latente, asecha en una forma de distribución de la riqueza muy parecida a una limosna de cianuro que el pordiosero hizo parte de su vida. Pero tarde o temprano lo envenenará, su organismo mórbido ha conciliado con la podredumbre y eso le permite estar vivo, y si embargo ya tuvo noticias del alcance de la descomposición estomacal.

Es claro, pues, el Estado es chantajeado por estos sujetos, llámense empresarios del transporte con RIF y personería jurídica, o bien sea la muchedumbre de caleteros que conducen los destartalados “carritos por puesto” de Maracaibo, gente malavenida, ejército de reserva de la delincuencia junto a sus hermanos de clase “A”, los propietarios de los llamados taxis o carros libre. Pero el chantaje tiene sus verdaderos actores en la coalición gobierno y estos sectores antisociales tratando con la sociedad, y aquí aparece un ingrediente subestimado: soborno. Pues quien entrega algo de menor valor para resguardar o asegurarse lo cuantioso o trascendente ejercita el soborno. En un alcance consensual es lo que hace el Estado con la sociedad para retener la inmediata estabilidad política, se acumulan perturbaciones en aras de la funcionalidad del poder.

En términos de costos, la incidencia del combustible es casi cero en esta actividad básica de la economía, y sin embargo, ante el menor asomo de su aumento (pongo la palabra en cursivas pues cómo se puede aumentar aquello cuyo precio lo destituye del valor de cambio) los transportistas amenazan con duplicar el precio de pasajes y transporte. De igual manera, el expendedor final de las mercancías (último eslabón del empresariado importador de containers) hace su ajuste. Y esta explicación de la estafa, irreal, ficticia, fluye con legitimidad en la población, ignorante y solidaria de aquellos inescrupulosos, los jorobados terminan creyendo que el hatajo de truhanes son unas víctimas del Estado depredador. En la psiquis elemental del venezolano, aumento de la gasolina e inflación son una relación natural. El vínculo mortal (y real) es gasolina gratis y Estado de Derecho caro o inexistente.

Me pregunto de dónde habrán sacado los taciturnos semejante vínculo, explicación de sus males y carencias. No es del desconocimiento de las lógicas de la economía, pues no se necesita ser economista para indignarse y tener sentido común. Probablemente sea de su resentimiento ante la incumplida promesa de ser feliz, próspero y rico que siempre ha visto detrás de la abundancia fiscal. La gasolina es la expresión más volátil del petróleo, también la más objetiva como imagen o representación de cuanto socialmente éste es. Le achacan todas las culpas, y desde hace algún tiempo se le odia. Pero cómo la población de un país puede odiar un mineral, se odia a los extranjeros que se lo roban, al imperialismo acaparador, pero no aquello de lo que vives. En estos días todo el que tenga carro en Venezuela es sospechoso de acaparamiento de gasolina, ciudadanos cuasi ladrones a los que es preciso ponerles un Guardia Nacional a la hora de llenar del tanque. De la era del recelo hemos pasado a la del abierto tutelaje, evolución de una ciudadanía que se roba a sí misma el único bien de democrática repartición. Pero cómo te puedes robar aquello que es gratuito, son estos los retorcidos acertijos que se plantean en una sociedad donde se invirtieron los esquemas conocidos de intercambio, en la que todas las racionalidades perversas parecen haber encontrado lugar.

Conozco a un sujeto que solía ser guía de turistas norteamericanos cuando éstos venían por aquí, en la excursión él elegía siempre pagar la gasolina del tanque de 70 litros de la camioneta y que los gringos pagaran la comida, se ufanaba de su astucia, todos felices; pero al final, para solazarse, informaba de cuanto era la diferencia entre una y otra: esta es la gasolina más barata del mundo, les decía. Al tarado sería preciso explicarle que es al revés: resulta la más cara del mundo en términos de compensación y equilibrio de la estructura de convivencia. Como puede ser barata la gasolina en un país con una tasa de homicidios de 55/100.000; una tasa de mortalidad infantil de 18/1000; de desempleo del 15%; con una inflación de 30% (admitida por la estadística oficial); de crecimiento de la pobreza estructural; con un sistema de educación arruinado, incapaz ya de garantizar la llamada movilidad social, pero sobre todo la socialización primaria; donde el crimen y la delincuencia llegaron a ser un segmento de la economía y las policías se convirtieron en recicladoras de criminales, como lo denunciaba Francisco Delgado. Donde el Estado de Derecho llegó a ser una farsa siniestra, un puro protocolo que obra como una gestión más del poder ejecutivo, con una Fiscalía amodorrada y policíaca, con unos tribunales burocratizados y cuya eficiencia sólo suele verse cuando se trata de casos ruidosos y públicamente notorios. Y de su venalidad y prevaricación no doy como muestras, ciertamente, casos como el de Zuloaga y su acaparación de Toyotas, los policías de Puente Llaguno, el Comisario zuliano, discípulo aventajado del hombre-comando del Amparo, la señora Afiuni. Doy, sí, como muestras el asesinato de tres chamos en Santa Rosa (Maracaibo), error de la PTJ persiguiendo a un choro que había robado a un expetejota, el juicio fue radicado en Trujillo, la inmolación de Brito, o la infinidad de muertos en los barrios, que ni siquiera llegan a constituir un caso: en la primera fase encuentran una calificación que los invisibiliza, ajuste de cuentas. O los miles de estafas inmobiliarias y fraudes bancarios sin Fiscal ni proceso, de los que sólo queda, si acaso, un papelito grasiento con una fecha y recibido de una indepabis o una defensoría cualquiera.

De la indiferencia e ineptitud de ese etat du droit doy como ejemplo la Ley de Personas con Discapacidad, desde hace casi cinco años yo mismo he acudido a todas las instancias para hacer cumplir los artículos 14 y 45, sin ningún resultado (CONAPDIS, Fiscalía, INDEPABIS, Defensoría, Juez Superior Civil del Zulia.) Es pues la gasolina más cara y sangrienta ésta, la de una Venezuela cuya población recibe en especies la salvación. A cambio de las condiciones necesarias para la gestión de la vida ciudadana: resguardo jurídico, empleo, servicios, estado de derecho, educación, exige gasolina gratis. Inmersa en los puros desazones del consumo, confundida y hundida en su precario concepto de bienestar, desde el cual obra en su extravío: tener cuatro televisores en la casa y unas aceras, para ellos a eso se reduce civilidad y urbanismo.

Un lector de otra ocasión, que dice coincidir conmigo, se queja no obstante de no hallar en mis reflexiones una guía o propuesta de cuanto debería ser la enmienda, tan sólo expongo, dice, la descripción de unos males. Le digo que no soy consejero de gobernantes, ni aleccionador de muchedumbres, y que toda enmienda debe comenzar por el diagnóstico, si éste es errado aquella será un fraude, si no existe entonces es el reino de la infamia. En todo caso, el país sólo oye voces cercanas, y suelen ser las más parecidas a la de la adulancia, la distancia que permite ver los estragos es la misma que aleja a los desarrapados de la mea culpa. Para oír consejos tendrían que empezar por deshacerse de su socarronería. Por lo demás, me jubilé de la universidad y me considero afortunado de haber trabajado 32 años en una institución donde hasta ahora, sea por tradición o por inercia, ha prevalecido la libertad intelectual, el único espacio institucional donde hoy esto es posible, y una de las pocas virtudes que de ella debe reivindicarse.

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