
Los candidatos presidenciales Keiko Fujimori y Roberto Sánchez clausuraron sus campañas en Lima de cara al balotaje del domingo. En un escenario de extrema paridad, ambos líderes buscaron captar el voto de los indecisos, apelando al miedo a la crisis económica y a la galopante inseguridad ciudadana.
Fujimori y Sánchez cierran campañas en un Perú polarizado e incierto
El ambiente de tensión e incertidumbre domina las horas previas a la votación a la que están convocados casi 27 millones de peruanos. Los dos aspirantes a la presidencia del Perú quemaron sus últimos cartuchos el jueves en la capital, intentando inclinar la balanza en un proceso electoral que las encuestadoras califican de empate técnico. La apatía y el escepticismo marcan la pauta, ya que los últimos sondeos revelan que casi uno de cada cinco electores aún no ha decidido su voto a escasos días de la jornada electoral.
La urgencia por captar este bolsón de indecisos obligó a los comandos de campaña a radicalizar sus discursos en los mítines finales, convirtiendo las calles de Lima en un reflejo de la profunda fractura social que arrastra el país.
Modelos contrapuestos frente a la crisis nacional
La propuesta de Keiko Fujimori, líder del partido Fuerza Popular y ganadora de la primera vuelta con el 17,1% de los votos, se concentra en la promesa de mano dura. La candidata de 51 años, hija del expresidente Alberto Fujimori, centra su estrategia en el combate frontal contra la delincuencia. Esta narrativa resuena en un electorado agotado por la criminalidad: Lima registró una alarmante tasa de 23 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2025, lo que representa el triple de lo reportado hace cinco años. Sus simpatizantes defienden este modelo recordando la estabilización económica de la década de 1990 y el combate a las guerrillas, minimizando las condenas por corrupción que pesan sobre su legado familiar.
En la otra orilla, Roberto Sánchez, representante de Juntos por el Perú, llega a esta instancia tras obtener el 12% en la primera ronda. El psicólogo de 57 años, aliado político del encarcelado exmandatario Pedro Castillo, ha estructurado su campaña alrededor de la demanda de un cambio radical. Sánchez capitaliza el resentimiento de las regiones rurales y postergadas del sur andino, presentándose como el único capaz de quebrar el dominio de las élites limeñas y de un Parlamento severamente cuestionado por la opinión pública.
La sombra de la inestabilidad institucional
El próximo gobernante heredará una nación exhausta que ha visto desfilar a ocho presidentes desde 2016, un récord de inestabilidad en la región. Mientras los seguidores de Fujimori alertan sobre el peligro de un giro hacia el comunismo, los votantes de Sánchez argumentan que un triunfo de la derecha significaría el retorno de las prácticas dictatoriales del fujimorismo. El resultado del domingo no solo definirá al nuevo ocupante del Palacio de Gobierno, sino la viabilidad democrática de un Perú fragmentado.
www.diariorepublica.com






