Historia de un impactante ritual a María Lionza

Publicado el 23 de junio de 2012

VENEZUELA-CREENCIASUna casa con bloques envejecidos y cuarteados, es el preludio del encuentro. Dentro de ella, un altar repleto de imágenes de cerámicas, hay muchas, las más resaltantes, María Lionza, Negro Felipe y el Indio Guaicaipuro, también está simón Bolívar, y otras efigies que no conozco a simple vista.

Nunca había presenciado algo semejante, un ritual de ciencias ocultas. Debí esperar para entrar a la habitación, iniciaban a un joven en el acto para servir de “materia”, como comúnmente les llaman a quienes reciben espíritus en sus cuerpos. Frente al altar, comenzaron los rezos, le bañaban en cocuy y un coro gritaba “Fuerza…Fuerza”, el hombre comenzaba a respirar profundo y a contorsionar sus brazos, empezó a encorvarse frente a los velones.

Estaba recibiendo a un espíritu mucho más grande que él, el de un Cacique. Se ahogaba, y sus exhalaciones eran fuertes, parecidas a las de un animal. Tres jóvenes tocaban tambores rindiéndole tributo al que llegaba, mientras más rápido era el sonido, más se sentía la presencia del ente.

No pudo, lo devuelven a un estado de conciencia con el mismo rezo con que comenzaron el ritual. Está exhausto y desorientado. Los espiritistas dirían que ya está casi a punto de recibirlo por completo, pero que esta vez alcanzó a darle entrada hasta su cuello.

“cuando se escuche la voz del espíritu, entonces estará listo”, dice el de mayor experiencia.

El mismo hombre que ha dado la sentencia, ha venido del municipio santa Rita, es el encargado de encabezar la noche. No tiene más de 35 años, pero llevas dos décadas con sus facultades desarrolladas para ser materia.

Entro al cuarto, me dan la bienvenida, y me dicen que no tema.

“En esta casa se bendice y se hace todo por el bien”

El líder del culto se posa frente al altar, con una mano en alto empieza sus rezos, invoca a María Lionza, aceptada como la reina de Venezuela, le pide permiso para que lleguen “hermanos” a su cuerpo y para que también le protejan. Las palabras son muy rápidas. Otro hombre le asiste a sus espaldas, pero sin tocarlo en ningún momento.

Esta vez no hay tambores, este hombre no necesita coro, está preparado.

Un silencio se extiende y comienza a pararse de puntillas, pisa fuerte el piso de arena y respira como animal. Abre sus ojos y ya no es él. La voz ha cambiado por completo, es fina, muy fina, y habla en una lengua extraña.

“ya le entró Macumba”, me dice uno de los ayudantes. El espíritu, según cuentan, es de un medico africano milenario de antes de Cristo, capaz de curar cualquier mal.

El espíritu sigue hablando y logro entender algunas palabras. Pide que le den cocuy en una copa. Toma una cinta de hilos de colores, la moja completa en licor y la ensartar en una aguja capotera, de las más gruesas. Sin esperar se atraviesa por completo la mejilla izquierda, la cinta empapada en cocuy queda dentro de su boca, de allí chupa el aguardiente. De su garganta emanaba un ruido parecido al de un gallo. De inmediato, pregunta por un hombre mayor que ha tratado durante los últimos cuatro meses. El paciente tiene cáncer, diagnosticado por los medico como “inoperable”. Su rostro, hace semanas, estaba casi desfigurado, había perdido el sentido del oído y el habla, la tumoración estaba en medio de su cara. La recuperación había sido exitosa. Días atrás Macumba le había operado e indicado tratamiento a base de plantas medicinales en la misma habitación. Esa noche lo reconocería nuevamente.

Se sentó frente a él, pidió una vela. Y comenzó el tratamiento. Acercaba la llama al rostro del paciente, y hacia una especie de pases con su mano izquierda, como si cortara y extrajera algo de dentro.

Macumba le dice al hombre que solo le queda algo muy pequeño de la tumoración en su cabeza. Le recuerda que la próxima semana lo intervendrá de nuevo. Sigue hablándole con su voz aguda, ha pasado tiempo, ya casi ni recuerdo el verdadero tono de voz del hombre dueño del cuerpo. Macumba sigue con la mejilla atravesada por la aguja, mira a su alrededor y se despide. Saca la capotera de su cara sin derramar si quiera una gota de sangre.

Se para frente al altar y comienza a despedirse de María Lionza y las otras potencias. Todos lo ven, respira profundo otra vez.

Aun no regresaría a ese cuerpo el espiritista de Santa Rita; estaba impresionada, quería saber que venía.

Dos espiritus hablan

En pocos minutos el hombre que había servido de materia a Macumba, recibía ahora el espiritu de un anciano, comenzó a encorvarse frente al alatra, un ayudante le paso un bastón rudimentario, y coloco en su cabeza un sombrero marron. El ho,mbre caminaba con dolor, se presionaba la cadera mientras buscaba un taburete. Al sentarse apoyo ambras manos en la cabeza del baston y se dejo caer con una lentitud de octogenario sobre el asiento.

“buena santa noche”, dijo, con un tono propio del llano.

El espíritu de Don Juan de los tabacos hacía presencia. Su voz había vuelto a modificarse, ahora hasta su boca semejaba a la de un anciano. “Carajo, y cómo está toa esta gente”, decía en un saludo. Sus formas eran propias de un hombre viejo. Pidió café y chimó. El café solo lo tomaba en totuma, hecha de taparas. Hablaba de dialéctica del Universo, de las almas y los espíritus, se autocalificaba como un hombre de mensaje.

Hizo silencio, miró al altar, y ya en frente de este, estaba otro de los jóvenes materia recibiendo otro espíritu. El modo fue el mismo, un sombrero magullado y un bastón rudimentario, era otro anciano que llegaba. La voz del joven también cambió. Se sentó con la misma calma, como si le doliera la espalda. A éste igual le acercaron su tapara con café y su pedazo de chimó. Ambos se miraron y el saludo fue inmediato, cada uno desde su silla. “Ah compae, cómo me va”, decía el espíritu de Don Juan de los Tabacos, mientras que el recién llegado, un anciano yaracuyano y campesino le respondía: “muy bien compae, aquí tomando este cafecito. ¿Cómo está a sabana?”. Fue impresionante, ambos se reconocían, hombres que habían muerto hace más de 100 años atrás, se sentaban frente a mi.

Me siento junto a ellos y están dispuestos a conversar conmigo. Ambos comienzan a hablar sobre el ritual que estoy presenciando, y ratifican con frases coloquiales que hacen el bien. “Nuestro señor nos da luz pa ofrecé mensajes”, dice Don Juan. Uno me pide que le tome del brazo, para que me dé cuenta que no mienten. “Mi espíritu está en este cajón ahorita, pero el dueño de este cuerpo está vigilado por sus guías que lo cuidan. Yo morí hace muchos años, y se me toca se dará cuenta”.

El cuerpo del espiritista de Santa Rita estaba helado, vi de cerca su mejilla, la misma que había perforado con la aguja minutos atrás, cuando recibió a Macumba, y no tenía marcas. Escupía el chimó y una línea marrón corría por su barbilla. Tomó su sombrero, pidió más café y puso la totuma dentro del sombrero. Murmuró un rezo, mientras hacía cruces con su mano derecha, el humo salía.

Solo entendí el final. “Que vaya siempre por el camino de luz”. Sacó el café y me lo entregó en las manos. “Tómeselo”, dijo. Yo, nerviosa, pregunto ¿Qué me lo tome?, “sí, eso es pa que esté sana por dentro, y que su cuerpo no reciba lo malo”. Lo tomé, estaba caliente, pero dulce.

Los dos se despidieron con la parsimonia del anciano. “Buena santa noche, por ahí venimos pronto otra vez”. Se plantaron frente al altar y pidieron a María Lionza el retiro. La respiración de los dos hombres se hacía fuerte, como de animal, pisaban con ahínco la arena, los tambores volvían a sonar, abrían sus ojos, estaban cansados, exhaustos. Ninguno olía a café o licor. No habían marcas. Sus voces eran ahora normales. El ritual había terminado.

Esa noche no dormí temprano, entre vueltas en la cama escuché al fondo los tambores sonar, alguien decía: fuerza…..fuerza … sentí de nuevo el sabor del café dulce. Y solo recordaba cómo el espíritu de un hombre muerto hace muchos años tomaba posesión y entraba en contacto con el cuerpo de otro vivo, efectuar a través de él una operación imaginaria y conseguir una curación. He aquí el asombroso caso de hombres con ciencias ocultas.

Por María Pilar Camacho

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