
Desde la incursión militar estadounidense para capturar a Nicolás Maduro el sábado, el presidente Donald Trump rápidamente pasó a presentar la medida como una nueva oportunidad económica para Estados Unidos. La acción no solo tuvo un impacto geopolítico inmediato, sino que también desató una ofensiva económica directa sobre el sector petrolero venezolano. La administración Trump procedió a confiscar petroleros que transportaban crudo venezolano y anunció que Estados Unidos tomaría el control de las ventas de entre 30 a 50 millones de barriles de petróleo previamente sancionado. Este control sobre las ventas a nivel mundial se mantendrá de manera indefinida, según declaraciones oficiales de Washington.
El impacto de estas acciones ha resonado profundamente en la industria energética global. Las grandes empresas petroleras internacionales, observando la volátil situación política y legal, han manifestado su profunda preocupación. Representantes de compañías como ExxonMobil, Chevron y TotalEnergies han indicado que, si bien Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, la inversión a largo plazo solo será factible con la existencia de un marco legal y garantías de seguridad muy claras.
La incautación de petroleros como señal de control total
El viernes, las fuerzas estadounidenses incautaron su quinto petrolero en el último mes, el cual estaba vinculado al transporte de petróleo venezolano. Esta acción no fue vista solo como una medida de cumplimiento de sanciones, sino como un reflejo de la determinación de Estados Unidos de controlar plenamente la exportación, refinación y producción del crudo venezolano. Esta estrategia es una señal inequívoca de los planes a largo plazo de la administración Trump de continuar su participación decisiva en el sector, mientras busca el compromiso, y el capital, de empresas privadas estadounidenses e internacionales.
La incautación de estos activos envía un mensaje poderoso: Estados Unidos está preparado para asegurar el flujo de este petróleo, bajo sus propios términos, hacia los mercados globales. Sin embargo, para que las petroleras privadas se comprometan a invertir las miles de millones de dólares necesarias para revitalizar la moribunda infraestructura petrolera de Venezuela, se necesitan más que promesas. Las compañías exigen protecciones contra futuras expropiaciones, garantías sobre los derechos de propiedad y un acuerdo claro sobre el reparto de ingresos que sea sostenible a largo plazo.
Estrategia energética de Trump: precios bajos y acceso garantizado
Todo esto forma parte de una estrategia más amplia del presidente Trump que busca mantener bajos los precios de la gasolina en el mercado doméstico. En un momento en que muchos estadounidenses se muestran especialmente preocupados por la accesibilidad económica, la incursión en Venezuela combina el uso asertivo de los poderes presidenciales con una estrategia clara para convencer a los votantes de que puede reducir los costos de la energía.
Al garantizar un acceso constante, y controlado, a una nueva fuente masiva de petróleo, la Casa Blanca espera equilibrar la oferta global y evitar picos inflacionarios en los precios del combustible antes de las próximas elecciones. La promesa de «América primero» en la energía se traduce en la práctica en la gestión de recursos extranjeros estratégicos para beneficiar al consumidor estadounidense. La inversión de las petroleras es crucial para esta estrategia, ya que solo ellas tienen la capacidad técnica y financiera para restaurar rápidamente la producción venezolana. Por lo tanto, la administración debe equilibrar la presión militar y económica con incentivos creíbles para atraer la inversión privada.
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