
La situación interna en la República Islámica de Irán ha alcanzado niveles críticos de violencia. Según el más reciente informe del grupo de derechos humanos HRANA, con sede en Estados Unidos, el número de fallecidos durante las manifestaciones de disidencia civil se ha elevado a 2,571 personas, consolidándose como el desafío más severo que el sistema clerical ha enfrentado en los últimos años.
Balance de las víctimas
El desglose de los datos ofrecidos por la organización revela el impacto transversal del conflicto:
Manifestantes: 2,403 bajas civiles.
Fuerzas estatales: 147 fallecidos vinculados al gobierno.
Población vulnerable: 12 menores de edad y nueve civiles ajenos a las protestas.
Por primera vez en más de dos semanas, fuentes gubernamentales iraníes rompieron el silencio sobre la mortalidad de los disturbios, situando la cifra oficial cerca de las 2,000 muertes. No obstante, Teherán desvincula estas bajas de la represión policial, atribuyéndolas a «agentes terroristas» financiados y dirigidos por Estados Unidos e Israel.
La advertencia de Donald Trump: «¿Ayuda en camino?»
Desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump ha intensificado su retórica de apoyo a los manifestantes. El mandatario instó a la población iraní a mantener la presión en las calles, asegurando crípticamente que «la ayuda está en camino».
Al ser cuestionado por la prensa sobre el alcance de estas palabras, Trump evitó dar detalles, limitándose a decir que los periodistas «tendrían que averiguarlo». Sin embargo, el presidente ha reiterado en múltiples ocasiones que la opción militar permanece sobre la mesa como respuesta a la gestión de la crisis por parte de Irán.
Un contexto de presión extrema
Los disturbios, impulsados inicialmente por el colapso económico del país, han escalado en un escenario de fragilidad internacional tras los ataques militares ejecutados por Israel y Estados Unidos durante 2025. El gobierno iraní enfrenta hoy una «tormenta perfecta»: un descontento social sin precedentes alimentado por el hambre y la inflación, sumado a una amenaza de intervención extranjera que parece estar en su punto más álgido.
Mientras la comunidad internacional observa con cautela, la ambigüedad de Washington y la firmeza de Teherán sugieren que el conflicto podría derivar en un enfrentamiento de mayor escala en el corto plazo.
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