Manhattan partido en dos por “Sandy”…historia de AFP desde las entrañas de la zona cero

Publicado el 31 de octubre de 2012

US-155057002Sentado en el suelo en la entrada de un supermercado en la Tercera avenida, Jason Tam lee cerca de un enchufe donde está cargando su celular. Como miles de neoyorquinos del sur de Manhattan, donde por segundo día la electricidad sigue cortada, vino “al norte” el miércoles en busca de un poco de normalidad.

Porque el ciclón Sandy, que azotó Nueva York el lunes de noche, cortó en dos a la populosa isla de los rascacielos, Manhattan. Al sur de la calle 34, miles de torres y edificios residenciales no tienen electricidad y a veces tampoco agua. Ni el alumbrado público, ni las luces de señalización del tránsito funcionan.

Chelsea, Tribeca, Greenwich Village, Soho, East Village… Los barrios del sur, elegantes y de moda, habitualmente muy animados, están paralizados. Comercios, bares, restaurantes están cerrados.

En las calles del sur de la Gran Manzana, el espectáculo era anoche impresionante

En la noche del martes al miércoles, según un reportero de la AFP, la vista de Manhattan desde Brooklyn, era impresionante. El puente Williamsburg estaba iluminado justo hasta la mitad y todo el sur de Manhattan, incluidas las torres en construcción del World Trade Center, se encontraban fantasmagóricamente a oscuras.

Contrastaban los edificios del Empire State Building y Chrisler totalmente iluminados, como el resto del norte de Manhattan.

En las calles del sur de la Gran Manzana, el espectáculo era anoche impresionante. Calles oscuras y desiertas, fachadas sumidas en una total oscuridad y algunos patrulleros policiales para la seguridad.

Durante el día, policías instalados en cada esquina hacían fluir dificultosamente el pesado tráfico de vehículos, en una ciudad donde el metro y los ferris no funcionan.

Para los habitantes, “subir al norte”, al menos para lo esencial, es a menudo la única solución. En las veredas, todos van en la misma dirección: el norte.

Allí, los embotellamientos son monstruosos.

Mike Shannon, que trabaja en Wall Street y vive en el East Village, vino a hacer sus compras de alimentos a la altura de la calle 45. “No hay nada abierto en mi barrio”, dice.

En su edificio, un generador fue puesto a disposición de los residentes para que puedan cargar sus celulares, Ipads y computadoras portátiles. Además, tiene que ocuparse de sus dos perritos, a los que debe bajar en sus brazos por las escaleras un par de veces al día porque el ascensor no funciona.

En el café Metro, en la avenida Lexington, hay teléfonos y computadoras conectados en todos los enchufes disponibles.

Clément Bodmer, un turista francés, está concentrado en su computadora. El apartamento que alquiló en un noveno piso no tiene agua ni electricidad, pero su familia se toma esta “aventura” con humor. Comen en los restaurantes “del norte”, utilizan los baños de los bares y caminan mucho.

Pero es complicado. En su grupo hay una niña en silla de ruedas a la que hay que subir y bajar en los brazos.

Muchos neoyorquinos se alojaron en los hoteles de la ciudad, donde no queda una sola habitación disponible.

“Voy a ducharme a lo de mi tío”, explica Catherine Santeiro, antes de meterse en un taxi en la calle 23.

Irse lo antes posible

Foto: AP Photo / Mark Lennihan

En el edificio residencial de 25 pisos de la esquina de la Sexta avenida, casi todos los vecinos se fueron, comenta Nick, el portero. A los que se quedaron, la copropiedad les distribuyó linternas y botellas de agua. WC portátiles fueron instalados, y el personal guía a los que así lo desean por las escaleras a oscuras. También hacen rondas en los pisos.

“Sobre todo, no vuelvan antes del sábado”, les pide Nick a los que escapan.

A la altura del Empire State Building, al fin surge la luz. La señalización de la circulación, los embotellamientos y el ruido vuelven. Los restaurantes están abiertos, la vida reanuda su ritmo después de Sandy, a pesar de que el metro sigue cerrado.

Los repartidores de comida circulan nuevamente en sus bicicletas eléctricas. Pero en un café Starbucks en la avenida Lexington, Sonja Kazma, una alemana en busca de wifi está enojada.

Su hotel no tiene electricidad, ni agua caliente.

Los americanos pueden llegar a la luna, pero ¿no pueden arreglar los problemas de electricidad en dos días? Es increible“, se indigna. “Nunca lo hubiera imaginado”.

“Estoy harta, quiero irme lo antes posible”, añade intentando confirmar, desesperadamente, si su vuelo parte el jueves como estaba previsto.

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